Ansiada normalidad

Ansiada normalidad

Ver las nubes desde el cristal de un avión. Volver a volar. 

Cenar, “una más y nos vamos” y llegar a casa a las dos de la mañana. 

Bailar en una discoteca sin importar la canción que suene.

Coger el coche y perderse el fin de semana, no importa dónde, no importa cómo.

Quitarse los tacones después de una noche de fiesta.

Las doscientas excusas para no ir al gimnasio.

Las cervezas en copas congeladas con los de siempre.

Cantar a viva voz en un concierto.

La comida de cada domingo y su sobremesa eterna.

Ver la sonrisa de la otra persona, que los ojos dejen de ser la única marca de identidad. 

El abrazo de la abuela al volver de vacaciones, del colegio o de comprar. 

Los domingos de peli y manta solo cuando hace frío o llueve, no cada semana. 

Incluso las caravanas al salir de trabajar. Y el vagón de metro abarrotado de gente. 

Respirar tranquila, sin sufrir porque se empañen las gafas. 

Recorrer las calles de una ciudad sin entender el idioma. 

Volver a vivir, porque lo de antes no era rutina, era vida

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