Bajo la luz del mar

Bajo la luz del mar

Y de repente, sus delicados pies tocaron el agua salada. Llevaba meses soñando con ese momento. Volver a sentir el mar, volver a sentirse libre, volver a soñar. Sus dedos se sintieron vivos y húmedos, una sensación ahora extraña, pero reconfortante. 

Lya comprendía que debía regresar a su tierra, no obstante, no sabía si esta vez lo conseguiría. Siempre había sido una exploradora nata y sus ganas de descubrir otros mundos estaban por encima de cualquier otro sentimiento, incluso del amor, de la amistad o de la familia. 

De pie en la orilla rememoraba su último día en Makus, su isla. Cuando cumplió dieciséis años sus padres le regalaron un colgante en forma de concha que si se abría se escuchaba la dulce voz de su hermana cantando su canción favorita: I am a little mermaid.  Y desde ese momento, no hay día que no resuene en su cabeza esa melodía, una melodía que se perdió en el mar, junto con el resto de sus pertenencias. 

Lya vivió una infancia muy feliz: sus padres la querían, sacaba buenas notas, tenía muchos amigos y era la mejor en natación. No obstante, un día, al levantarse se dio cuenta de que debía marcharse, de que su vida no acababa en esa pequeña isla, y de que el mundo que le quedaba por descubrir era inmenso. Además, había situaciones en las que se sentía incomprendida, sobre todo por sus padres. 

Así, sin pensar en nadie más, una noche recogió sus cosas y salió a hurtadillas de la habitación. Cómo le gustaría ser Hermione Granger para utilizar el hechizo Obliviate y evitar que sus padres sufriesen. Pero la vida no es eso. La vida no se soluciona con un golpe de varita ni cerrando los ojos. La vida es un camino donde no solo hay peces y estrellas de mar, también hay tiburones y medusas. 

Tardó muchas horas en llegar a la orilla, pero en ningún momento perdió la esperanza. Tuvo que ir deshaciéndose poco a poco de todo lo que había cogido, su mochila pesaba demasiado… Primero lanzó los únicos dos libros que había cogido, y se prometió que jamás olvidaría esas historias; más tarde tiró su álbum de recuerdos, pero no sin antes hacer fotos con el móvil de aquelloss que más le gustaban; y así estuvo durante un rato, hasta que apenas sin fuerza, tuvo que desprenderse del collar de su hermana, cuyo peso era infinitamente superior al del resto. Y en ningún momento miró atrás. 

Pero ahora Lya estaba en la orilla, con sus pies rozando el agua. ¿Qué pasaría si después de tanto tiempo volviese a casa? ¿Cómo se sentirían sus padres? ¿Y su hermana? ¿Serían capaces de perdonarla? Esas preguntas cuyas respuestas la asustaban tanto estaban a punto de ser desveladas. Porque a veces para ser valiente hay que sentir miedo. Se fue sin decir adiós, sin un abrazo, sin un beso, sin un te quiero. Simplemente se fue. Nadie sabía a dónde. Nadie sabía cuánto. Nadie sabía con quién. Pero era el momento de volver, de volver a casa, de sentirse querida y de pedir perdón.

Ya empezaba a notar cómo su piel empezaba a cambiar. De repente, le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo y tuvo la sensación de estar volando. Sus pies se convirtieron en escamas, y por inercia saltó al mar y se dejó llevar. Volver a nadar, a notar el agua en su cuerpo, a sumergirse sin tener que preocuparse por volver a subir a la superficie, a vivir. 

Nadó durante mucho tiempo… ¿Horas, días, meses? Nadie nunca lo sabría, porque el tiempo es siempre distinto para todos, pero ese es otro tema. Y llegó. Llegó a Makus y entró a su habitación por la ventana: era lo mejor de nadar, que no necesitabas picar a la puerta para entrar a casa. Pero, al sentarse en la cama vio que todo estaba igual. Las sábanas seguían siendo las mismas de la última vez que durmió allí, el póster de Harry Potter seguía enganchado en la pared y el collar de su hermana en el joyero. ¿Qué había pasado? ¿Acaso para ellos no había pasado el tiempo? Y gotitas de agua salada empezaron a rozarle la cara: no era agua del mar, eran lágrimas. No debería haberse ido. No debería haber abandonado a su familia. No debería haber sido tan egoísta.

Decidió bajar al salón. Y allí vio a sus padres y a su hermana, sentados en el sofá, hablando sobre algún tema que ella no lograba escuchar. Se sentía como quizás se sienten diciembre y enero: tan cerca y a la vez tan lejos. Su padre, al verla, la saludó. 

-Buenos días, Lya. Estábamos pensando en ir a comer a La Vida Azul. ¿Te apetece? 

¿¿Qué?? ¿¿Eso era lo único que se le ocurría decirle después de tanto tiempo?? ¿Cómo podía ser? Y sin pensarlo, se abrazó a él y empezó a llorar.

-Lo siento, papá. Lo siento mucho. 

-¿El qué, hija? Cualquiera diría que llevas sin vernos años. 

-¿Y no ha sido así?

-¿¿Qué estás diciendo, Lya??- apareció la madre, sorprendida.- Ayer te fuiste a dormir enfadada porque no “te comprendíamos”. Pero es normal, todos hemos sido adolescentes.

¿Lo había soñado? ¿Había soñado que se iba de casa y que lo dejaba todo? Nunca lo sabría, porque para ella había sido todo tan real, que parecía imposible que fuese un sueño. Pero a veces la vida nos sorprende, y sin saber cómo nos encontramos en un sueño, y sin saber cómo volvemos a la realidad. A Lya le habían regalado una segunda oportunidad, y esta vez la viviría intensamente. 

¿Qué sería la vida si no soñásemos?

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Tita Aya

    Me emociona como le das valor a las pequeñas cosas, haciéndolas grandes. Tu sensibilidad y buen gusto al escribir. Gracias por compartirlo 🥰

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