Cincuenta años atrás

Cincuenta años atrás

– Ay, abuela, ya sabes que no me gusta que me des tantos besos. Me dejas toda la cara llena de pintalabios. 

Silvia se quedó callada. A ella le encantaba dar besos y abrazos, era una forma de mostrar cuánto quería a sus nietos, a sus hijos, a toda su familia. Pero había cosas que los niños no eran capaces de entender. Volvió a sonar el timbre. 

– Hola abuela- gritó su otro nieto, Nico, mientras corría para tirarse sobre ella. Tenía once años, pero todavía era pequeñito. 

– ¿Nico y ese abrazo tan grande a la yaya? – preguntó Carla, sorprendida tras el gesto de su primo.

– Desde que la yaya me contó cómo eran los abrazos en 2020, los veo de otra forma.

– ¿De qué hablas?

– ¡¡Pues del año del Covid-19!! ¿No te suena? Abuela, cuéntale esa historia, que todavía queda un ratito para las campanadas.

Silvia cogió la manta y se acomodó en el sofá. Le encantaba hablar sobre su adolescencia, y no podía desaprovechar ese momento. 

– Está bien… Hace cincuenta años, apareció un virus que ahogó a todo el mundo, literalmente. Se extendió en cuestión de meses por todos los continentes y arrasó con más de un millón de vidas. Durante unas diez semanas estuvimos confinados en casa, solo podíamos salir para hacer la compra. Fue muy duro, y por eso, más que nunca, yo esperaba ansiosa la Navidad. Ya sabéis que a mí me encantan estas fiestas, y por ese entonces, estaba convencida de que nada ni nadie podía quitarme la ilusión de esas fechas. Después de todo, nos merecíamos tiempo con la familia, aunque solo pudiesen celebrarse con las personas más cercanas y con muchas precauciones.

– ¿Cuántos erais en Nochebuena ese año, abuela? ¿No podríamos haber estado los dieciocho que somos ahora?

– No, Carla. Solo podía haber diez personas en una casa. Por aquel entonces, éramos seis: mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo. Pero al final, quedó una silla vacía…

– ¿¿Qué?? ¿Alguien murió de Covid?

– No, no… Tuvi…

– Ay, Carla, déjala contar la historia entera, eres muy impaciente.

– El quince de diciembre empecé a tener tos y me subió un poco la fiebre. Pensaba que me había resfriado, pero preferí hacerme la prueba para saber si tenía el virus o no. Lo que no esperaba era dar positivo. 

– ¡¡No!! 

– Sí… No había estado con nadie desde hacía una semana porque estuve trabajando todo el día… Era fin de trimestre y tenía mucha faena, y menos mal, porque gracias a eso no tuve contacto con nadie, pero yo me tuve que confinar. Lo primero que hice fue llorar de impotencia. No podía creer lo que me estaba sucediendo: iba a pasar las Navidades sola. Llevaba todo el año esperando ese momento. La sopa de mi abuela, los villancicos de mi madre, las bromas de mi abuelo… Pero el destino, que es caprichoso, se encargó de esfumarlo todo en cuestión de segundos. 

– ¿Y cómo lo cogiste, abuela, el virus?

– La verdad, Nico, todavía sigo haciéndome esa pregunta. Mis padres, mi hermana y el abuelo se hicieron la prueba por si acaso, pero todos dieron negativo. Y yo iba siempre con muchísimo cuidado: la mascarilla siempre puesta, me echaba gel en las manos cada vez que tocaba algo, mantenía la distancia… Y mira. Ahora al pensarlo imagino que fue la vida, que quiso demostrarme una vez más que el cariño de una familia no entiende ni de quilómetros ni de pandemias.

– ¿Y qué hiciste?

– Cuando supe que todos habían dado negativo en el test, me calmé. Pero conforme se acercaban las fechas, la tristeza se iba apoderando de mí. El día veinticuatro no podía parar de llorar porque no pasaría la Nochebuena con mi familia, no cantaría Mi burrito sabanero y no podría abrazarlos fuerte. Eso me rompió en dos. 

– Ay, abuela. Esta historia es un poco triste… Y hoy es Nochevieja… 

– Espera Carla, que ahora viene lo mejor.

– Sí, Nico tiene razón. Ese día por la tarde, sobre las ocho o así, alguien picó a la puerta. Me puse la mascarilla y abrí. Pero no encontré a nadie. Solo una caja muy grande en el suelo del rellano. Me agaché, la cogí y la entré en casa para examinarla.  No me lo podía creer. En esa caja había de todo: un táper con sopa, turrón de café (mi favorito), tres canelones (por si me quedaba con hambre) y una pandereta. Además había dos notas. En la primera, mi hermana escribió: “Cuando puedas, dale al play. Y deja que la música suene toda la noche”. En la segunda, la letra de mi abuela ocupaba todo el papel: “Nos vemos a las diez, como siempre, aunque sea a través de una pantalla”. Y de repente vibró mi móvil. Un mensaje de Aa Mamá. “Aquí tienes los dos enlaces, te queremos”.

–  Ay, qué bonito, yaya. ¿Lloraste?

– Ya sabes que tu abuela llora por todo.

– ¿Y cómo fue la noche? No puedes dejarnos así ahora, yaya. 

– Pues… Fue una noche diferente. Pero muy especial…No pude comer en la mesa de mi abuela, ni abrazar a mis padres, pero hubo un momento en que eso no me importó. Ese año me di cuenta de que a pesar de estar lejos, estábamos más cerca que nunca. Y desde entonces, todos los abrazos cuentan, pero que os pueda achuchar en Navidad año tras año, cuenta el doble. 

– ¡Venga, que luego no os da tiempo a pelar las uvas!- de repente, la voz del abuelo puso fin al relato.

Se quedaron callados y las tres miradas se cruzaron. Las sonrisas de Nico y Anna gritaron “te queremos” en silencio. Se levantaron y fueron al salón, pero antes, los dos nietos se quedaron detrás.

– Abuela…- susurraron al unísono- ¿Nos puedes abrazar una vez más?

Y Silvia, sin palabras, los achuchó muy fuerte y muy bien. Y nunca un abrazo había tenido un significado tan importante, nunca un abrazo los había llenado tanto.

#Unanavidaddiferente

Esta entrada tiene un comentario

  1. María

    He vivido este relato de manera muy profunda. Me puse en la piel de Silvia. Gracias

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