Como nadie te ve

Como nadie te ve

Y ahí estás, otra vez, como cada mañana. Mirándome sin decir nada, quizás juzgándome en silencio. E, igual que siempre, no sé qué decir. Intento sonreír. Es una sonrisa tímida y apagada, más por educación que por felicidad. Pero no me devuelves la sonrisa. Tus ganas también están naufragando en el mar de la vida. 

Intento tocarte, pero te desvaneces en el aire. Pestañeo. Vuelves a aparecer. El frío de la habitación recorre mi cuerpo. ¿Quién eres? ¿Quién soy yo realmente? Una lágrima cae y se desliza por mi mejilla. Y la pregunta de siempre retumba en mi cabeza, hoy con más fuerza que nunca: “¿te quiero?”. La respuesta debería ser clara y sencilla, pero a veces la vida no se resuelve con un o un no. La vida es mucho más que preguntas simples y respuestas cortas, mucho más que un “te quiero” y un “yo también”. 

Los pensamientos inundan mi mente. Claro que debería quererte. Pero a veces me cuesta, a veces me lo pones muy difícil. Eres un mundo de imperfecciones y de inseguridades. Aunque tú eso ya lo sabes, lo repites constantemente. 

Parece que quieres decirme algo, pero una vez más tus palabras se convierten en humo. Y sigo sin saber qué piensas. Es verdad que me alegro cuando consigues lo que te propones, cuando te sale bien esa receta que tanto te ha costado, cuando brindas por ti. Y es verdad también que me apena verte llorar y no me gustas en esas tardes en las que no te apetece levantarte del sofá porque la vida se te hace bola. Creo que tienes que vivir cada día y no dejar que la tristeza te consuma, pero yo ya puedo decirte eso, te lo he repetido demasiadas veces. Tienes que darte cuenta tú.

Ojalá todo fuese tan fácil. Ojalá con un chasquido los problemas se esfumasen. Te vuelvo a mirar. Y te das la vuelta. Las olas de tus piernas son preciosas. Todavía no entiendo a esa gente que opina que las estrías marchitan un cuerpo. Y esa constelación de lunares en tu espalda. Que lloren las estrellas de Puppis, que ahora tus pecas brillan más que ellas. Pero sigues sin ver lo bella que eres. Y te alejas. Te alejas cada vez más y más rápido; te empiezo a ver borrosa. 

– ¡¡Vuelve!! Te necesito- grito – No puedes dejarme ahora. 

Giras la cabeza hacia mí. Creo que me has escuchado. Te quedas parada. Es ahora o nunca. Impulsivamente me abalanzo sobre tu figura. Pero no puedo tocarte. De pronto tus labios se empiezan a mover, y con lágrimas en la cara, susurras:

– Por favor, quiéreme. Quiéreme bien y mucho. Con mis imperfecciones, mis miedos y mis incertidumbres. Nadie va a quererme como lo haces tú. Dame otra oportunidad, las dos nos la merecemos. 

Palpo mis mejillas. Están húmedas. 

– Tienes razón.

Y te abrazo. Noto el frío del cristal en mis manos. Es hora de quererte de nuevo. Y nunca más dejar de hacerlo. Qué bonito ser tú. Qué bonito ser yo. Qué bonito que mi reflejo tenga nombre y apellidos.  

Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Alba

    Muchas de nosotras pasamos por momentos duros con nosotras mismas. Pero que bonito es cuando aprendes a quererte… me sentí identificada con tu texto 🙂

  2. Hola

    En mi opinión, tu «Como nadie te ve» está a falta de una mayor emotividad, de un diálogo más profundo, más íntimo en base a las circunstancias en las que sobrevuela un desamor. Pero bien en general. Tienes pluma con madera y maneras. Saludos

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