Enero

Enero

21 de enero, y parece que haya pasado un invierno desde que me comí las uvas el treinta y uno de diciembre. Hace mucho frío y el sofá me llama a gritos. No puedo decirle que no. Se escuchan las gotas caer sobre el tejado de la casa de enfrente, cojo mi manta roja, me hago una bola y me tapo hasta el cuello. Qué imagen más instagrameable: “domingo de sofá y manta” y más de diez mil me gustas. Mi pijama desparejado, mis ojeras y el moño despeinado me recuerdan que nunca seré influencer. 

Miro a la estantería. Todavía quedan un par de bombones dorados, tres polvorones y una tableta de turrón de chocolate negro. ¿Qué señal hay más clara que los dulces que nadie quiere para confirmar que la Navidad ha tocado su fin? Me vuelvo a reír al recordar que el día uno me prometí que este año haría deporte tres veces a la semana. Desde que ha empezado, solo he hecho media hora de bicicleta estática. Y aquí, sentada y calentita bajo mi manta, me gustaría decirle a mi yo del pasado que se plantee propósitos más realistas, no sé, leer más libros, aprender un nuevo idioma, avanzar en la cocina… Pero las dos sabemos que por mucho que la avisase, no iba a cambiar: la ilusión son sus alas, aunque a veces estas no lleguen al cielo. Ya se lo encontrará. 

¿Y qué me depara este 2021? Lo han definido como el año de la esperanza, pero, ¿realmente será así? No ha pasado ni un mes desde que empezó y en este poco tiempo ha aparecido una nueva variante de la Covid19, han asaltado el Capitolio de Estados Unidos y un temporal ha teñido de blanco (casi) todas las calles de España. Digo casi porque Filomena se olvidó de pasar por Barcelona, aunque no voy a perder la esperanza, pues se supone que es esencial en estos trescientos cincuenta días que están por llegar. Y así estoy, mirando a la ventana, esperando ver un copo de nieve en vez de una inmensa capa de agua. Todavía queda invierno.  

Volviendo a la definición de 2021, yo lo veo más como el año de la incertidumbre, pero estoy preparada, 2020 me ha enseñado a (con)vivir con ella, a no hacer planes, a no reservar vuelos con tres meses de antelación, a no organizar mi vida porque en cualquier momento puede dar un giro de 180 grados y dejarme con las intenciones y las ganas en los bolsillos. Quién lo diría, yo, que odio no tener en orden mi vida, iba a ser capaz de resignarme a la duda, al “voy a hacerlo hoy por si mañana no puedo”. 

Lo bonito de la vida es vivirla, aunque a veces vivir lleve consigo un miedo inevitable. 

Así que, voy a levantarme del sofá y a coger uno de esos bombones olvidados y me lo voy a comer. Feliz por no saber cuándo haré ejercicio de verdad, contenta por todo lo que he aprendido este 2020 e ilusionada por empezar un propósito que estoy segura de que voy a cumplir, por fin: volver a escribir.

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