Febrero

Febrero

21 de febrero. Enero fue eterno, y este mes ha pasado en un chasquido. Empecé el año con propósitos (ir)reales escritos desde el sofá, con un moño y una manta, pero ahora, un mes después, he decidido por primera vez escribir fuera. He cogido mi libreta, el lápiz que me acompaña en cada historia y reflexión, me he puesto las bambas y he salido a caminar por la playa. 

Estoy sentada en la arena, sin toalla y sin sentir mis pies, pues, a pesar del frío, necesitaba notar el agua del mar en mi piel, respirar la libertad, poder suspirar sin miedo y (re)vivir. A veces no somos conscientes de lo necesario que es parar para poder seguir. 

No sé bien sobre qué escribir y decido coger el móvil, como si por arte de magia fuese a encontrar la inspiración en esa pantalla. Y entonces me doy cuenta: febrero, la perfección plasmada en la hoja de un calendario. Empezó en lunes y termina en domingo. Y me río. Porque mi yo interior sabe que la perfección no existe, que es imposible no equivocarse en nada; pero cierro los ojos y apareces tú de forma inesperada, sin ni siquiera haberte imaginado o pensado. Sí, eres tú, y me sonríes. Quizás estaba un poquito equivocada, quizás -y solo quizás- la perfección es tan subjetiva como la vida. 

Febrero, además de ser matemáticamente perfecto este año, es el mes del amor, el más corto pero a la vez más intenso, como ese poema de Benedetti que te llena el alma cada vez que escuchas o lees sus versos. Además, es un mes lleno de velas y pasteles: el pastel de papá, el de la abuela y el de la tita. Un mes lleno de deseos cumplidos y por cumplir; un mes cargado de ilusión y esperanza, porque como dicen, es lo último que se pierde.

Miro al mar. Las olas rompen en la orilla. Menos mal que me he sentado alejada del agua (gracias mamá por enseñarme que conforme pasan las horas, la arena se va mezclando con el mar y la playa empieza a ser menos tierra y más agua). E igual que las olas atrapan la arena, el tiempo me atrapa a mí y sin darme cuenta han pasado más de dos horas. A veces pasa demasiado rápido, y es injusto. Demasiado injusto. 

Ha sido un mes breve sí, y a pesar de no haber podido hacer prácticamente nada, también he sonreído, que al fin y al cabo, es de lo que se trata, de ser un poquito feliz. Me quedo con la sonrisa de mamá cuando más la necesitaba, el abrazo de mis abuelos después de un mes sin verlos, el “no San Valentín” y el pastel de cumpleaños que le hice a mi tía -aunque, pensándolo mejor, me quedo con verla soplar las velas un año más-. Foto con los ojos de esos momentos y guardados en mi memoria para siempre. 

Cierro la libreta, me quito la arena de los pies, me pongo las bambas y, decidida, empiezo mi camino hacia casa. Qué bien me ha sentado la brisa marina, el olor a tierra mojada y el silencio. Adiós, febrero, hasta el año que viene. 

Esta entrada tiene un comentario

  1. Carlota

    Que bonito escribes❤️❤️❤️❤️

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