Fotos con los ojos

Fotos con los ojos

Tengo una amiga que cuando estamos juntas siempre grita o dice (depende de la situación): “foto con lo ojos, foto con los ojos” y los cierra durante dos segundos. La primera vez que lo dijo no entendía mucho a qué se refería, me reí y asentí con la cabeza, deseando que no repitiese otra vez esa frase. Pero con los años, me he dado cuenta de que esas cuatro palabras esconden mucho más de lo que podía llegar a imaginarme. 

Y ahora, me da pena no haber hecho más fotos con los ojos.  

Foto con los ojos del beso de mamá después de dos semanas sin verla y de las cincuenta velas de papá; del abrazo de los abuelos al volver de vacaciones; del reencuentro en la estación de tren, su sonrisa y en vez de flores, galletas; del veinticinco de diciembre sin ninguna silla vacía; del sonido de las copas de cerveza al brindar en una terraza cuando se acabó el primer año universitario y de la fiesta improvisada de después; de esa playa a la que se tarda más de una hora en llegar, pero que siempre merece la alegría. 

Sí, hacer fotografías con el móvil está bien, pero en la pantalla se pierde la esencia de los recuerdos. En esa autofoto que a simple vista solo son tres chicas sonriendo, no se puede oír la canción que cantaban a todo pulmón en el coche por las carreteras de Mallorca acompañado de un “total, nadie nos conoce”, ni se escuchan las confesiones y carcajadas justo antes de tomar la instantánea. 

En esa foto en el comedor con una familia que sonríe, tampoco se puede oler esa paella que preside la mesa y que es símbolo de tradiciones eternas. Ni se puede percibir la felicidad que se esconde detrás de cada gesto, una felicidad que sigue ahí, a pesar de todo, a pesar del tiempo.  

Y en esa imagen de dos personas besándose con una puesta de sol de fondo, no se pueden sentir las mariposas que sentía ella a la hora de inclinarse y rozar sus labios. Y es imposible imaginar que, de todo, lo menos importante es el paisaje. Quién iba a sospechar, viendo esa foto, que al segundo él le pediría matrimonio. 

Ahora soy consciente del valor de cada momento, de la felicidad que desprenden las pequeñas cosas, por minúsculas que sean. Y por eso, siempre cierro los ojos cuando me abrazan, cuando soplo las velas o cuando simplemente estoy comiendo con mi familia. Intento capturar ese momento para siempre en mi corazón. Y así, cuando esté triste, haya tenido un mal día o simplemente me apetezca, abriré mi cajón de sastre o desastre (depende de cómo lo mires) y entre papeles, entradas de museos y billetes de tren, asomaran esas fotos que no se pueden tocar, pero que permanecen ahí, esperando que las recuerde para recordarme una vez más que a pesar de los huracanes y de los terremotos, la vida sigue siendo maravillosa.

Miro a mi alrededor: la playa desierta, la arena húmeda, la hoja que antes estaba en blanco, ahora llena de palabras y tachones. Foto con los ojos y directa al cajón.

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