Nuestras Piedras

Nuestras Piedras

Es difícil conocer el camino que llevamos andado, y más difícil es conocer el del resto de personas, por muy cercanas que sean. Cuando nacemos, tenemos que aprender a andar y no solo literalmente. Caminar por el sendero de la vida, un sendero con cuestas y con bajadas, con momentos llanos donde podemos coger aliento para seguir avanzando, un sendero en el que a veces nos encontramos más piedras de las que querríamos. 

Ya desde pequeños tropezamos con piedras, aunque quizás ahora no las recordamos. Hay piedras que se hacen pequeñas con el paso del tiempo, piedras que en un principio eran gigantes y al mirar atrás se convierten en un granito de arena. Por ejemplo no conseguir aprobar matemáticas en la secundaria.

En el camino conocemos a personas maravillosas, pero muchas han ido desapareciendo de nuestra vida y se han convertido en piedras preciosas que siempre llevaremos en la mochila, unas piedras que al verlas sonreímos: gemas, zafiros y diamantes. La mayoría de los amigos de la infancia han seguido su camino, pero no por eso los olvidamos. No por eso no los dejamos en la mochila. 

Hay otras piedras que cuando decidimos sacarlas de la mochila, nos dan alas que nos hacen volar, volver a vivir, sentir la libertad. Son esas piedras que estorbaban, que no nos dejaban ser quienes realmente éramos, que hasta ese momento habían sido un peso que no necesitábamos cargar. Pero que lo hacíamos, muchas veces sin darnos cuenta.  

Pero todos tenemos una piedra que pesa más que las otras, que en la báscula es infinitamente mayor a las demás, y es una piedra de la que nunca nos vamos a desprender. Perder a alguien. Sentir que se va y que no puedes hacer nada para evitarlo. A veces, la vida duele y el dolor que sentimos es inexplicable. Ni nosotros mismos podemos saber si podrá alguien cosernos, si las heridas que nos aparecen se curan con un abrazo o si permanecerán en nuestro corazón para siempre.  No obstante, a pesar de que esa piedra pese mucho más que las demás, es una piedra con la que tenemos que cargar. Las personas no se van sin motivo, volar nos hace libres, y tras un adiós (probablemente triste y salado), debemos parar y sonreír. Sonreír por aquellos que no están, que tuvieron que dejar su mochila para volar a otro lugar.

Y estas piedras que tenemos nos hacen ser como somos. Nos convierten en la chica que llora y ríe a la vez, o el chico que prefiere hacer ballet que estudiar. Ese que se enfada por cualquier tontería o quien se preocupa por todos más que por ella misma. Las piedras que llevamos son incontables y a veces no somos conscientes de ello. Somos más fuertes de lo que creemos.

Así que, vamos a seguir caminando, llenando nuestra mochila de piedras, algunas mejores, algunas peores; algunas bonitas azules, otras más negras, pero siempre con el peso justo que nos permita seguir avanzando en nuestro camino.

Deja que tus piedras te definan, pero no dejes que lo hagan otras personas por ti.

Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Silvia

    Es una reflexión tan salida del corazón, que sé que servirá a muchas personas que resuenan con este escrito. Nunca dejes de escribir estas maravillas, porque, solo que le resuene a un 3% de los que la lean ya sirve. Fluyendo de esta manera la que realmente se aprovecha de eso eres tú y colateralmente la gente que tiene la suerte de poderte leer . Yo soy una de esas afortunadas y te pido por favor que no dejes de alimentarme el alma. Muchas gracias!!!!

  2. Edgardo

    Muy buena reflexión! Coincido con lo que expresas, vivir significa ir aprendiendo a andar constantemente, a pesar de las piedras; y que ese andar continuo, ese camino, sea el que nos defina.
    Saludos!

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