Paraguas de colores en un día de lluvia

Paraguas de colores en un día de lluvia

El otro día en el metro vi a una niña con -supongo- su padre. Era rubia, de unos cinco o seis años y tenía los ojos llenos de ilusión, a pesar de ser un miércoles a las ocho y media de la mañana.

Era un día nublado de primavera, en el que en cualquier momento podía empezar a llover. Yo llevaba mi paraguas de colores en mi bolsa, pero ellos llevaban los suyos en la mano.

— Hola, ¿me ves? — Preguntó la niña.

— Claro que te veo — Respondió el padre.

— No estoy hablando contigo — y sonrió de esa forma que solo saben hacerlo los niños. 

Le estaba hablando al paraguas. No sé si se esperaba una respuesta o solo estaba bromeando, pero a mí me sacó una sonrisa en un día oscuro y sin sol. La inocencia de los niños puede sobrepasar cualquier frontera. 

Ojalá esa inocencia y esa ilusión le dure toda la vida.

Gracias, pequeña, por recordarme que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas: en un gesto, en una mirada, en una conversación, en un paraguas que cobra vida. 

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