Una carta para Marta

Una carta para Marta

Ella ya no creía en Peter Pan. Tampoco en los príncipes azules. Ni mucho menos creía en Papá Noel, en los Reyes Magos o en la Navidad. Marta perdió su espíritu navideño conforme iba cumpliendo años. Si echa la vista atrás, recuerda con nostalgia la ilusión del día trece de diciembre al poner la estrella encima del árbol, los nervios de la noche del cinco de enero o las comidas que terminaban en cenas cada Año Nuevo.

Pero la Marta niña desapareció como por arte de magia al dejar de creer en ella. 

Ahora no quería creer, no podía. No quería poner el árbol. No quería cantar villancicos. No quería ir a casa de su abuela a pasar la Nochebuena. No quería abrir regalos. No quería que se celebrase nada, y mucho menos la Navidad. A pesar de que la Navidad era magia en cada esquina.

– Marta, ya es diciembre. Pronto será Navidad… ¿Qué vas a hacer este año? – su madre entró en la habitación e interrumpió sus pensamientos. 

– Nada.

– Marta… Creo que…- Pero su hija la interrumpió. Otra vez con la misma historia de siempre. Estaba harta de escucharla. «Marta hazlo por tu hermano”, “Marta por favor sonríe”, “Marta debes pasar página y seguir viviendo” y una larga lista que no estaba dispuesta a escuchar. Ya era hora de gritarle al mundo cómo se sentía. 

– Mamá, no. No creo en la Navidad. No creo en la magia. Y estoy cansada de todo. Si la magia existiese, el abuelo estaría aquí. Y no está. 

Sus palabras retumbaron en toda la habitación y un silencio desgarrador invadió el aire. Su madre no supo qué decir. No podía hacer nada. Escuchar esas palabras le dolía pues le hacía ver que este año volvería a faltar una persona en la mesa, y esa silla nunca podría volver a ocuparse. 

El abuelo de Marta murió dos años atrás. De golpe. Sin avisar. El tres de enero los dejó sin despedirse. Y desde entonces, Marta no soportaba esas fechas. La Navidad era para estar en familia y su familia ya no estaba completa. ¿De qué servía celebrar si no estaban todos para poder compartirlo? Y Marta se sentía rota, se sentía vacía un poco más arriba de las costillas, como si le faltase un trozo de su cuerpo, un trozo que voló al cielo cuando su abuelo falleció. 

22 de diciembre. Por fin había acabado la universidad. Pero Marta no salió a celebrarlo. Se encerró en su habitación mientras escuchaba cómo su hermano y sus padres cantaban villancicos y estaban atentos al sorteo de la lotería de Navidad. Otra tontería. ¿Por qué querían que su décimo saliese premiado? Nunca entendería esa estúpida tradición… Y tirada en la cama, empezó a llorar. Sentía rabia, tristeza e impotencia. Y de repente, sintió el extraño deseo de volver a ser la Marta niña, la Marta que se dedicaba a comer bombones mientras sus padres se bebían un vasito de anís con los niños de San Ildefonso de fondo. Llevaba dos Navidades apagada. Y le encantaría volver a sonreír. A ser feliz. Pero para eso necesitaba abrir los ojos y volver a creer, necesitaba recuperar la magia de la Navidad. 

Era el momento de cambiar. De querer. De dejar de culpar. De vivir. 

Se secó las lágrimas y se asomó al comedor. Qué imagen de postal navideña podía contemplar. Una familia feliz, cantando, riendo, ajena a todo lo que se escondía fuera de casa. ¿Por qué ella no podía sentirse así? La respuesta era sencilla: porque no quería. Pero eso iba a cambiar, porque aunque ella ya no se acordase, la Navidad seguía siendo mágica. 

El veinticuatro de diciembre por la noche, sobre las ocho, Marta se vistió, se puso un vestido negro y bajó al salón, donde sus padres la esperaban para coger el coche. Todas las Nochebuenas las pasaban en casa de sus abuelos (ahora de su abuela), que se encontraba en las afueras de la ciudad. 

Cuando llegaron, los besos y los abrazos llenaron el recibidor. Y de repente, todos los recuerdos invadieron el aire: olor a sopa, las fotos de su huerto, su dominó. Y Marta se fue al lavabo. ¿Por qué se había marchado? No era justo. Y encima no pidió permiso. Si lo hubiese hecho, ella se lo hubiese prohibido. Salió a los diez minutos, con los ojos cristalinos, cansados de llorar. 

– Marta, tengo un regalo para ti- dijo su abuela María.

– Abuela, ya sabes que no me gustan los regalos…

– Créeme, este estoy segura de que este sí.

Y la llevó a su habitación. De un cajón de la mesita de noche sacó un sobre y se lo dio.

– Lo dejó escrito el abuelo para ti. Creo que ya es hora de que puedas leerla…- y sin decir nada más, le sonrió, cerró la puerta y la dejó sola. 

Marta no supo qué hacer. Sus manos empezaron a temblar. ¿Una carta? ¿Del abuelo? No entendía nada. Por su cabeza pasaron mil pensamientos. Su vista se nubló y tuvo que sentarse en la cama. Todavía olía a su colonia. Abrió el sobre.

“Querida Marta,

No sé cómo empezar esta carta. Te quiero. Pero eso ya lo sabes. Imagino cómo te sientes ahora. Confundida, perdida e impotente. Lo sé, porque aunque no me veas, estoy ahí, cogiéndote de la mano, como lo hacía cuando tenías un año y te caías al suelo. 

Sabes que nunca se me ha dado bien escribir. Siempre eras tú quien escribías hasta la lista de la compra. Pero creo que te mereces más que nadie esta carta. Tu abuela ya está al corriente de esto, y ella será el ángel que te la dé cuando lo crea oportuno. Y parece que hoy es el día. 

Me voy, Marta. Pero no quiero irme sin decirte adiós. No quiero irme sin despedirme de ti. No me lo perdonaría nunca, y seguramente tú tampoco. Tú siempre me decías que para irme, tenía que pedirte permiso. Y no lo hice. Espero que me lo perd…

Las lágrimas invadieron las mejillas de Marta. Empezó a ver borroso y tuvo que parar para respirar. ¿Por qué su abuelo había hecho esto? No tenía nada que perdonarle, solo quería volverlo a abrazar. Siguió leyendo.

“ones.

No seas dura con tus padres ni con la abuela. Estoy seguro de que lo único que quieren es ayudarte. Y tu hermano… Cuídalo mucho, dale cariño y ayúdalo siempre, aunque no te lo pida. Que ya sabes cómo es, aunque sea más mayor que tú, te necesita. Pero sobre todo, no seas dura contigo misma, que te conozco. No te culpes de nada, no te quedes anclada en mí y no dejes de vivir. Porque la vida es muy corta, y si no la disfrutas, en unos años te arrepentirás de no haber vivido lo suficiente. Ya sabes, vivir no es solo cumplir años.

Y no te olvides de creer. Cree en tu familia, cree en la Navidad, cree en ti. Cree en mí. Porque siempre voy a estar a tu lado. Y nunca voy a soltarte. 

Ahora cierra la carta, guárdala en tu corazón para siempre y sal de esta habitación, que seguro que todavía huele a mi colonia (ya me dijo tu abuela que cada mañana iba a echar un poquito porque le encanta el olor) y sonríe. Vuelve a vivir, a sentir, a ser tú. No hay nada más bonito que verte feliz desde el cielo.

Te quiero,

Yayo.

Y eso hizo. En ese orden. Se secó las lágrimas y salió. Al llegar al salón, abrazó a sus padres, a su hermano y a su abuela y nunca un abrazo la había llenado tanto. Se sintió agradecida y aliviada. Ella no se pudo despedir, pero él sí lo hizo. Y ahora podía confirmar que la estaba cuidando desde el cielo. Era hora de volver a vivir y así contarle más historias al abuelo. 

– Os quiero. Feliz Navidad.

Esta entrada tiene 5 comentarios

  1. Anónimo

    Cuando leía la carta del abuelo de Marta mis lágrimas empezaron a salir y lloré mucho. Este es el texto más bonito que he leído en mi vida, por el momento. Y me encanta. 🙂

  2. Paula

    Este escrito me ha recordado mucho a la situación que mi familia y yo estamos pasando en estos momentos.
    Este año hemos perdido a mi abuelo y las navidades eran sus fiestas del año preferidas.
    Todos tenemos ese dolor de la persona a la que hemos perdido pero hay que pensar que sigue con nosotros cada momento, cada paso, cada recuerdo de nuestras vidas.
    No tengo mucho que decir pero muchas lagrimas de recuerdos han bajado por mi mejilla.
    Ha sido uno de mis preferidos.
    Feliz navidad.

  3. Tita Aya

    No dejes de creer nunca, tu Campanilla interior tiene una luz mágica y muy especial. Feliz Navidad.

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