Una Cenicienta en Nueva York

Una Cenicienta en Nueva York

Eran las ocho de la mañana; la alarma del móvil volvió a sonar por tercera vez, y, en forma de acto reflejo, Cindi la volvió a posponer. Cómo echaba de menos el trino de los pájaros en vez de ese horrible sonido de los claxons de la Gran Avenida. 

Cindi había vivido con sus padres durante mucho tiempo, en una casa de campo a las afueras de Manhattan, pero dio un giro de ciento ochenta grados a su vida y se mudó a un pequeño apartamento en Nueva York con -quien ella consideraba- su príncipe azul. Un apuesto chico que conoció en una fiesta de disfraces, que la conquistó y convenció para empezar un nuevo capítulo juntos. Pero se fue en el primer “croac”. Al final resultó ser un sapo con miedo al compromiso. 

Por eso ella ya no creía en los cuentos de hadas y mucho menos en los príncipes azules. Siempre había creído que encontraría al amor de su vida joven, que se enamorarían perdidamente y comerían perdices por siempre. Qué equivocada estaba. Y qué harta estaba de esas historias sin sentido. Ahora, con veinticuatro años tenía claro que el amor no se escondía en una pista de baile, que no necesitaba perder un tacón para encontrarlo y por supuesto que no iba a comer perdices. Era vegetariana. 

Así que buscó trabajo y pronto empezó como camarera en una cafetería a jornada completa, y de esta manera se obligaba a salir de casa y a no encerrarse en su propio mundo. Ahora se sentía un poco más libre, más feliz y con más ganas de seguir viviendo, a pesar de la tormenta que acababa de pasar.

Se miraba al espejo y no podía evitar sentirse como esa princesa de Disney, pero en vez de llevar tacones, calzaba sus Converse All Star; y en vez de un vestido azul, unos pantalones de tiro alto y una camiseta básica ajustada. 

Y uno de esos días, mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de que necesitaba un cambio. De que esa no era la vida que ella había soñado de niña y de que no tenía nada de malo no vivir en un palacio con un príncipe azul ni con ratones costureros. Había descubierto que su amor propio estaba por encima de cualquier otro y de que no merecía la pena encerrarse en un mundo en el que no había felicidad. 

Así que, abrió el armario y se decidió por ese vestido rojo al que le había cortado las mangas y arreglado el escote, acompañado de sus deportivas blancas. Siempre tan ella. Estaba guapísima. Definitivamente, no había mejor prenda de ropa que sentirse bien con una misma. Se guiñó un ojo en el espejo y leyó el post-it que un día había dejado ahí pegado: “esa sonrisa te queda genial”. 

Cogió su bolsa y se fue. En la calle no supo a dónde ir; caminó sin rumbo, pero sin sentirse perdida, pues se había encontrado a sí misma, y su brújula por fin marcaba el norte, a pesar de que no conociese prácticamente la ciudad. Qué bien olía ese aire a libertad, cuánto y cuánto de menos echaba las mil personas que caminaban ajetreadas  pensando en sus asuntos por la acera. 

Eso era vivir; eso era sentirse viva. 

Decidió entrar a un bar. Se sentó en un taburete de la barra y miró la carta. “He visto que los Gintonics están de moda en Instagram” pensó. Pero, ella nunca seguía modas o, más bien, tenía la suya propia. “Soy más de mojitos de fresa…”. 

Sí. Estaba sola. En un bar. Disfrutándo(se). Sonriendo porque sabía que su mejor amiga era ella y descubrió que a veces la soledad también es un regalo. 

Allí la vi. Sentada, contemplando cómo pasaba el tiempo. Feliz. Y no voy a negar que tuve la tentación de acercarme. Deslumbraba luz en cada poro de su piel. Era como ese acertijo cuyo misterio te atrapa en cada palabra; como ese libro que te empiezas, no puedes dejar pero no quieres que termine nunca. Era magia sin trucos. 

La miré, pero ella no se fijó en mí. Si era ella, el destino me daría otra oportunidad, estaba seguro. Así que, pagué mi cerveza y me fui, dejándola brillar en medio del local, porque en esos momentos ella no necesitaba a nadie, tenía luz propia. 

Deja una respuesta