Una vida llena de libros

Una vida llena de libros

Emma vivía dentro de su habitación. Un refugio a prueba adultos y todo tipo de monstruos. Ahí no le llegaban los gritos, ni las broncas, ni los “¿nunca vas a cambiar?”. Ahí se sentía protegida. Era como si al cerrar la puerta, sus problemas se convirtieran en humo y se desvanecieran en el aire -ella jura que incluso alguna vez los ha visto evaporarse-.  

La vida fuera de su habitación era insignificante. Se sentía perdida y sola. No sabía con quién hablar, todos la llamaban “la rarita de rojo” así que cuando estaba fuera de su guarida se refugiaba en los libros. Leía, leía y leía. Podía pasarse las clases con un libro encima de la mesa y no darse cuenta de que la profesora se había ido y habían cambiado de asignatura. 

El mundo era mucho más bonito en las historias que aparecían en sus libros. Ojalá fuera uno de esos personajes, ojalá pudiese escoger otra vida, otro mundo, otra familia, otro hogar. Ojalá pudiese ser otra persona. No le importaba quién: Hermione Granger, Alicia, Phileas Fogg, Katniss Everdeen, Matilda, Atreyu. Le daba igual. Ellos sí que tenían una vida interesante, no como ella, que lo mejor que le había pasado ese día había sido aprobar el examen de castellano (aunque no era difícil, le encantaba la literatura y odiaba las faltas de ortografía). 

Pero lo que ella no sabía era que su vida no tenía nada que envidiar a la de los personajes de ficción, solo tenía que levantar la cabeza y abrir los ojos, porque su historia valía mucho más de lo que ella creía.  Ella era poesía, teatro y cuento a la vez. Tan inteligente como Hermione y tan valiente como Katniss; tan aventurera como Phileas y tan dulce como Matilda. Una combinación que pocos valoraban, pero que le daría alas para llegar a la realidad. 

– ¿Quieres saltar a la rayuela? – dijo una voz tímida. 

Ella levantó la cabeza y volvió a la vida real. ¿Por qué alguien se estaba dirigiendo a ella si era invisible para el resto de niños de la escuela? Se quedó callada, mirando, sin saber qué responder.Ves, no tendríamos que haberle dicho nada. Creo que ni habla nuestro idioma… Rarita de rojo.

– Sí, quiero saltar. Y me llamo Emma. Que lleve un lazo que sea del mismo color que mis calcetines no me hace ser más rara que tú. Además, me gusta. 

¿De dónde había sacado esa valentía? ¿Cómo había sido capaz de responder a Mati de esa manera? No lo sabía, pero qué bien se sintió. Y cerró su libro y empezó a saltar, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió, sonrió al notar cómo las demás niñas miraban sus piernas, que saltaban cada vez más alto y que llegaron al diez en cuestión de segundos.

– ¡¡Muy bien, Emma!! 

Y un sentimiento extraño la abordó de repente. Se sintió valorada. Y eso era algo nuevo para ella. En la siguiente clase supo cómo resolver un ejercicio de matemáticas con ayuda de su compañera, que la miró extrañada cuando cerró su libro y empezó a prestar atención a la profesora.  Y se dio cuenta de que merecía la alegría compartir -aunque solo fuese un problema sobre ecuaciones- con la persona que tenemos al lado. Porque esa personita siempre ha estado con nosotros, pero por querer vivir dentro de una coraza no la hemos sabido apreciar.

Y la sonrisa le duró todo el día. Incluso cuando llegó a casa. Por primera vez en mucho tiempo, a Emma no le apetecía encerrarse en su pequeña guarida, sino que le pareció mejor idea sentarse en el sofá y saludar a sus padres. Estos no sabían cómo actuar, hacía tiempo que no podían mantener una conversación con ella y no supieron qué decirle. Pero hay situaciones en las que las palabras no son necesarias. Su hermana se abalanzó sobre ella: “Te echaba de menos”. 

Su sonrisa al mirarlos cosió todo lo que se había ido deshilvanando con el paso del tiempo y nada importó, porque no hay regalo más bonito que la sonrisa de una hija tras estar mucho tiempo escondida. 

La vida de Emma estaba cambiando, y solo ella era la autora de este cambio. Nadie podía hacerle ver que la vida era preciosa y que podía vivir su propia aventura si tenía ganas de hacerlo. Solo necesitaba coraje, empatía y sobre todo, amor. Porque el amor es el motor de cualquier libro, y ella lo sabía muy bien. Y con todo lo que había aprendido de sus personajes favoritos, estaba lista para cerrar el libro de ficción. Estaba lista para contar su propio relato. Estaba lista para empezar a vivir.

Pero no sin dejar que la literatura desapareciese de su vida. Porque Emma sabía que sin literatura, la vida no tenia ningún sentido.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Maica

    Gracias a las plumas que con sus relatos abren el alma!

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